06. La última noche en Polonia

27 Julio 1966

Cuando Dorotta me dejó en la entrada del puerto, me dijo que al día siguiente nos podríamos ver a las seis de la tarde. Debía vestir de uniforme. Ella me invitaba a cenar.

Pasé los trámites de entrada al puerto, por aquello que no podíamos estar más de 24 horas fuera. Allí se quedó nuestro vigilante.

La descarga iba bastante bien. En el “paraíso del trabajador” la gente trabajaba bastante.

Acabé la guardia a las ocho y después de lo más importante del día que era desayunar me fui a dormir, dejándole una nota al camarero para que me llamara a las cuatro de la tarde.

Al levantarme, fui a ver cómo iba la descarga y me encontré con Don Juan.

-Esto está hecho, saldremos mañana a medio día si el técnico termina de arreglar el giróscopo, no sé, lo ha desmontado todo.-

-¿Puedo salir a cenar? Tiene alguna cosa que deba hacer?- Le pregunté

-Nada, tranquilo. Ya has cumplido con tu guardia.-

– Esta noche salgo con la chica que nos arregló la radio. Me pide que vaya de uniforme. Como de noche hace frío me pondré el azul de invierno en vez del blanco de verano, que es el que corresponde por la época.-

-Me parece bien y pásatelo lo mejor que puedas. Pero con el entusiasmo no olvides estar aquí mañana antes de mediodía.

Me fui a duchar y me puse el uniforme de invierno, con una camisa blanquísima y su corbata negra.

Llamé al camarote del Tercer Oficial y salió su mujer a la que pedí que me diera revistas ya leídas de mujeres. Con una sonrisa de complicidad me dio un Elle y un Marie Claire.

En la Capitanía estaba Dorotta esperando y en la salida del puerto nuestro amigo el vigilante que ya no disimulaba.

Le di las revistas, que hojeo rápidamente diciendo

-Esto es imposible, no pueden existir tantos modelos de ropa! Esto es propaganda capitalista.- Dijo con cara enfadada, pero se la veía una gran avidez mirar las fotos de la ropa interior.- Un país que tuviera tantos modelos de algún artículo quebraría. – ¿Me puedo quedar las revistas?-

-Son para ti, esto que ves es solo una pequeñísima parte de lo que en realidad hayen cualquier tienda. Cualquier persona puede comprarlo. –

Agarró las revistas con fuerza y dijo: – Es que me dan unas ideas…-

No lejos de allí entramos en un portal – Aquí vivo yo con mis padres –

O sea que la cena era en casa de los padres! Ya no me gustó tanto. Yo quería una cena como la de ayer, con juerga incluida. Pero educadamente no dije nada.

Los padres me recibieron como si fuera alguien importante (por eso quería que fuera de uniforme).La madre, nerviosa, preparaba la cena. No hablaban inglés, Dorotta lo traducía todo del polaco.

Me hicieron muchas preguntas sobre el barco, y sobre el catolicismo oficial en España. Pero me di cuenta de que el padre me miraba mucho la corbata. Extrañado le pregunté a Dorotta la razón, y me contestó que yo llevaba una corbata que no se arrugaba. A continuación estrujamos todos la corbata para ver el efecto del Tergal. Al final me la quité y se la di.

-Dile a tu padre que se la regalo.-

-Te da las gracias y dice que se la pondrá todos los domingos de su vida.- Mientras, el padre me daba un gran abrazo.

Empezamos la cena, sencilla, a base de patatas, col y pescado. Para beber cerveza y de postre pastel de manzana una especie de Apfelstrudel muy bueno.

-Vamos.- Dijo Dorotta, y tirando de mi mano me llevo a su cuarto.

Tras cerrar la puerta empezó a quitarse la ropa, y cuando se mostró en ropa interior me miró y dijo:

-Esto es algo que muy poca gente puede ver.- Y tanto, estaba estupenda, pero ella lo decía porque la ropa interior estaba hecha a mano, por ella. Cuando se sacó el sujetador me lo mostró como si fuera algo muy especial, diciendo – Solo hay cinco horribles modelos de sujetador en las tiendas, yo me hice este, pero también está mal visto.- Mientras yo oía, con preocupación, a los padres hablar fuera de la habitación.

Yo no tenía ojos para el sujetador, y me daba igual quién lo hubiera hecho. Así que mientras ella se metía en la cama, rápidamente empecé a quitarme el uniforme, sin corbata, que coloqué con orden en una silla. Me metí en la cama con ella y empezó todo lo bueno.

Pero solo empezó, porque un minuto más tarde, se abrió la puerta y entró la madre tranquilamente y se llevo toda mi ropa y calzado.

Me quedé muy preocupado y desanimado. En un país tan estricto, en casa de unos fervientes católicos, en la cama con su hija y sin ropa. Además tampoco tenía sueño porque tenía el horario cambiado.

Dorotta estuvo muy cariñosa y al final nos dormimos.

Por la mañana, cuando desperté ella no estaba, tampoco la ropa. El corazón me dio un salto hasta que salí al comedor y vi que allí estaba toda la ropa, corbata incluida, con los zapatos lustrados. Encontré una nota encima de la mesa que decía:

Querido Rafael:

Hemos salido temprano a trabajar, mis padres te dan un abrazo de despedida y yo un fuerte beso. Sé que te vas esta mañana. Verás que la ropa está planchada, y mi padre dice que no puedes volver al barco sin corbata por lo que te la devuelve.

Recordaré siempre a mi marino español. Me he divertido mucho contigo.

Dorotta

Me vestí rápidamente, dejando la corbata, y regresé corriendo al puerto. Nadie me seguía.

Pregunté por ella en Capitanía pero me dijeron que había salido a reparar la radio de un barco ruso fondeado. Me sentía fatal por no poderme despedir ni darle las gracias por tan buenos ratos.

Solo hubo un aspecto positivo en toda la aventura, como todo el mundo me vio regresar al barco por la mañana, de uniforme pero sin corbata, mi prestigio subió considerablemente.

A mediodía subió el Práctico y salimos para navegar al Norte por las negras aguas del Báltico.

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