05. La reparación de la radio

26 Julio 1966

Me quedé solo en el barco con un marinero de guardia. Ah, bueno, el Capitán seguía encerrado en su camarote.

Me instalé en un sofá de la cámara de oficiales para leer una novela, y comer algo que me había dejado el camarero. Me sentía muy importante y satisfecho.

Al rato apareció el marinero y me dijo:

-Don Rafael, ha subido una chica guapísima pero que no entiendo, porque habla polaco y esa lengua la tengo oxidada.-

-Tráigala aquí –

Entró con una muchacha rubia realmente guapa. Alta, iba vestida con una chaqueta y falda a cuadros y llevaba un maletín de aluminio. Me fijé en seguida en sus ojos, y realmente eran espectaculares. Grandes y de un azul pálido muy bonito.

Me dio la mano y después de dar las buenas noches, muy seria, me dijo en un perfecto inglés:

-Soy el ingeniero en comunicaciones que han solicitado urgentemente para reparar la radio.-

Y yo le contesté

-Soy el oficial de guardia que le estaba esperando. Pero… ¿no quiere tomar algo?. – Pensé que tenía suerte en tener a una chica preciosa para charlar.

– No gracias, por favor indíqueme la ubicación de la estación de radio.- Dijo muy seria y cortando toda posible relación social.

Salimos de la cámara y subimos al puente. Detrás estaba la estación de radio. Abrió el panel lateral de la radio y poco después sacó una lámpara un poco negra y dijo:

-Esta lámpara tiene la culpa. Está fundida. Mañana a las nueve de la mañana le traeré otra.- Cerró el panel y se dispuso a bajar.

La hice pasar por la cámara de oficiales otra vez y le volví a ofrecer algo de beber, pero no quiso saber nada y se marchó. Me quedé un poco desmoralizado, además el marinero que me iba vigilando de lejos, se lo contaría a todos y yo ya me sentía ridiculizado.

A la mañana siguiente, durante el desayuno, le conté a Don Juan lo sucedido con el ingeniero de comunicaciones. Me respondió que le pidiera también un técnico para intentar arreglar el giróscopo.

-Estos comunistas son muy buenos arreglando cosas –

Empezó la descarga. Abrieron las bodegas y me di cuenta de que en la superficie de la potasa a granel estaba surcada por pequeñas huellas, eran de las ratas que llevábamos de polizontes.

A las nueve en punto se presentó la ingeniero, y yo ya la esperaba arriba de la pasarela. Principalmente para que me viera todo el mundo hablar con aquella la preciosidad.

Subimos a la radio y en un momento cambió la lámpara. La encendió para hacer una breve prueba, comentó algo con el telegrafista y los dos hicieron pruebas, aunque en puerto está prohibido usar la radio.

-Ya está arreglado. Ahora funciona perfectamente. Por favor fírmenme estos papeles.

-Yo le firmo lo que me pida, pero si la puedo invitar a tomar algo, después de haber reparado la radio, el Capitán se enfadará mucho conmigo por la falta de hospitalidad.- No le dije como era el Capitán para no decepcionarla.

Sé quedó rígida.

-¿En serio? Dijo preocupada.

-Sí, porque para los españoles la hospitalidad es la primera virtud que nos enseñan de pequeñitos. Además tengo que pedirle otra cosa. –

– Bueno, si es así vamos a tomar alguna cosa. No quiero que por mi causa tenga Vd. problemas.- Dijo suavizando su actitud y con una sonrisa ligera.

Bajamos a la cámara, abrí el bar y le ofrecí:

-Cerveza, Coca-Cola, café o algo más fuerte.-

-Me gustaría tomar Coca-Cola, nunca la he probado. –

Le serví el refresco y le dije que necesitábamos arreglar el sistema giroscópico que gobierna el timón. Me contestó que avisaría a no sé quien que vendría a mirarlo.

La Coca-Cola no le gustó. Así que le ofrecí café, y con los cambios se animó la conversación. Me preguntó por España y los viajes que hacíamos. Me explayé como si fuera un marino experto. Se empezaba a romper el hielo.

– ¿Y Gdynia cómo es? – Esa fue la pregunta clave que le hice, con lo que estuvo un buen rato hablando entusiasmada de su ciudad y lo que yo tenía que ver. Ya nos tratábamos de tú. Me dijo que se llamaba Dorotta, estaba soltera y era ingeniero electrónico. El apellido era impronunciable.

– La verdad es que ya he salido de guardia, estoy libre. – y me lancé a decir – ¿Porque no me lo enseñas tú que lo conoces?-

-De acuerdo. Ven a buscarme a mediodía a la Capitanía del Puerto, porque tengo que documentar la reparación de la radio y pedir a un técnico que venga e intente arreglar el giróscopo.- Dijo con una gran sonrisa. Yo no cabía dentro de mi piel.

Feliz, y procurando que me viera el máximo número de personas me despedí de ella en la pasarela. Fui a cambiarme de ropa y después de asegurarme de que los relojes tenían cuerda, enrollar los dólares dentro de los cigarrillos y asegurarme que el Primero no tenía ningún trabajo para mí, me fui a buscar a Dorotta a la Capitanía. Mi prestigio había aumentado.

Al salir del barco un hombre empezó seguirme, pero ya me habían advertido que eso podría pasar. Supongo que era por los dólares.

Fui a la Capitanía del puerto para recoger a Dorotta y tuve que firmar unos papeles para que viniera un técnico para reparar el giróscopo.

Salimos del puerto hacia la ciudad, bueno un pueblo grande, y andando buscamos un restaurante.

– Llévame a un sitio típico – Dije – Quiero probar la comida de aquí.

– Aquí la comida es parecida a la alemana, ya sabes Sauerkraut y carne de cerdo ahumada.

Comimos estupendamente con bastante cerveza. Pedí la cuenta. El camarero me dijo que si quería me cambiaria moneda. Le pregunte a Dorotta y sé pasó un buen rato discutiendo con él. Supongo que regateando la tasa de cambio. Disimuladamente se hizo la operación y me sentí rico con la cantidad de dinero que me dio. El hombre que nos seguía no podía vernos.

Salimos a visitar la ciudad a pié. Primero me llevó a un centro de propaganda comunista donde la recibieron como una conocida. Tenían una gran foto de una calle de Madrid con un cartel de “No pasaran” de la Guerra Española. Yo la verdad es no sabía nada de eso. Me dijo que muchos polacos habían luchado con los republicanos contra los fascistas. La vi muy politizada, hablaba de política con bastante animación.

Luego me estuvo enseñando plazas, la biblioteca, el hospital y muchas estatuas sobre el tema comunista, pero una de ellas era de un escritor-marino que yo adoraba, Joseph Conrad. El vigilante nos seguía obedientemente no muy lejos.

Nos sentamos en una plaza y hablamos animádamente.

-¿Tú eres comunista verdad?-

-Si lo soy – Dijo seria. – Soy miembro del partido comunista polaco. Pero entre tú y yo te diré que soy del Partido, por protección a mis padres, que son fervientes católicos. Gracias a ser del Partido mi padre tiene trabajo y no le molestan. Y vosotros en España también se vive una dictadura, fascista? –

– Pues sí. El General Franco ganó la Guerra Civil. Pero en España no nos sigue nadie por las calles como aquí. Dije señalando a nuestro perseguidor.

Por la mañana, en el barco, Dorotta había visto a la mujer del Tercer Oficial y se había fijado en su ropa. Me hizo preguntas que yo no supe responder, porque de ropa femenina entendía más bien poco.

-¿Cuantos tipos de bolsos de mujer existen – Me preguntó.

– Ni idea, muchos.- Contesté

– Aquí en Polonia hay tres tipos, el A, el B y el C. Si te fijas todas las mujeres llevan alguno de ellos. Está mal visto llevar uno fabricado por una misma. Es la lucha contra el individualismo.-

Así seguimos toda la tarde hasta las siete, que como en el barco también era la hora de cenar. Me llevó a un restaurante que tenía una pequeña orquesta de cinco músicos. La gente bailaba y comía. Nosotros hicimos lo mismo.

Pasaban las horas sin darnos cuenta, hasta que a eso de las nueve entraron el Segundo Oficial, considerado el más juerguista y que ya había estado en Polonia, con dos Oficiales de Maquinas. El Segundo dijo en inglés en voz muy alta.

– Cierren las puertas, que no entre nadie. Todo el mundo está invitado a cerveza y vodka. La orquesta que toque pasodobles españoles-

Parece que ya lo conocían porque así lo hicieron.

-Diviértete – me dijo – Que esta monada tuya se lo merece. Ya te diré a cuanto te toca de la juerga.-

Apartamos algo las mesas y bailamos desaforadamente. Con la bebida en cantidad la gente se calentó muchísimo. Los pasodobles españoles duraron poco pero fueron seguidos por bailes típicos de allí.

Eran las once cuando Dorotta y yo teníamos que marcharnos, porque a las doce yo entraba de guardia para vigilar la descarga.

Una respuesta a 05. La reparación de la radio

  1. angel a. martinez ferraz dijo:

    Me ha gustado. Me recuerda a mis viejos tiempos, cuando mi Palacio feliz, era mi T.S.H.. Cuanto bondad emanaba por sus antenas el dulce sonido de mi manipulador.
    Dios os guarde colegas
    sls
    angel a. martinez, desde Bilbao.

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