03. En el Canal de la Mancha

22 Julio 1966

Salimos de Pasajes con la potasa hacia Gdynia, Polonia. Con todos muy contentos, porque según decían Polonia es un país muy divertido. Bueno, en segundo lugar, porque parece que le ganaba Brasil, aunque los ojos de las chicas eran más bonitos en Polonia. Sobre los ojos y otros temas de chicas eran las conversaciones de las comidas y descansos en la cámara. El Capitán no aparecía, solo lo hacía en puerto para comer en la Cámara de Oficiales y nunca en navegación. Nadie hablaba sobre él ni lo echaba en falta.

Pasaron los días con pocas incidencias. Una fue que nos quedamos sin luz de alcance y de cara al Canal de la Mancha había que tener cuidado con las luces de navegación. Otra fue que cuando estábamos a la altura de la isla de Ouessant enloqueció el giróscopo que gobierna el timón, con lo que nos tuvimos que poner con la magnética y el gobierno a mano.

Siempre al terminar las guardias se toca la campana con cuatro repiques de dos campanadas y yo lo hacía en la mía sin saber más sobre este asunto. Pero al pasar el timón a manual el tema de las campanadas se volvió importante por los cambios necesarios de timonel cada dos horas. Cada media hora se toca una campanada, a las horas un repique de dos campanadas, a la hora y media un repique de dos y una, para terminar la guardia del timonel con dos repiques de dos. Con dos timoneles se hacía una guardia y se cerraba con los cuatro repiques dobles.

Ya en mi segunda noche desde Pasajes, todo estaba en calma, todas las luces funcionaban y el timón seguía en manual. En el Canal existen unas grandes boyas, que de noche o con niebla, se ven claramente por el radar, que separan la circulación de barcos hacia el Norte o Sur. Nosotros que íbamos hacia el Norte dejábamos las boyas por babor, como si fuera una carretera. Además regulábamos la velocidad para no alcanzar el barco que teníamos delante por proa. Pero de improviso, el Radio-Telegrafista salió de su cuchitril para deciros:

– Malas noticias! – Y esperó para darle más intriga

– Nos avisan, que aquí en el Canal, más o menos por donde estamos ahora hay una mina suelta de la Segunda Guerra Mundial.-

Pues sí que eran malas noticias porque no podíamos cambiar el rumbo, ni la velocidad, Estábamos encajonados.

– Eso pasa de vez en cuando – dijo don Juan – Las minas, magnéticas o de contacto, quedan a un par de metros bajo la superficie y van sujetas al fondo con un cable que se oxida y rompe. Los pasos de navegación están limpios y balizados, como el que estamos siguiendo. Pero las que se sueltan navegan libremente hasta que llegan a una playa o las destruyen los dragaminas. Claro que de noche no las ve nadie. De cualquier manera que vayan dos hombres a proa con una radio y unos prismáticos para la noche y que sea lo que Dios quiera. Rafael, anótalo en el Diario y avisa al Capitán-

Fue la noche del loro, todos con el chaleco salvavidas y los botes en sus pescantes pero fuera. Con marejada la mina era imposible de ver y para colmo el radar empezó a fallar al amanecer. Lo apagamos y dejamos que se enfriara. Recordaba que cuando era pequeño cuando estaba veraneando en Caldetas apareció, por la mañana, una mina en la playa, y nosotros que vivíamos frente a ella. La Guardia Civil nos desalojó e hizo estallar la mina.

Me tocó avisar al Capitán. Le di la noticia desde fuera del camarote. Pero el Capitán no contestó ni apareció en ningún momento.

Por la mañana avisaron por radio que la mina había sido destruida.

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