02. Rumbo a Pasajes de San Juan

17 Julio 1966

Por la mañana a eso de las seis me llamó el camarero y rápidamente subí al puente donde estaban todos los oficiales, menos el Capitán. Me presentaron y me dieron mi primera obligación: Dar cada día, a la misma hora, cuerda a los cronómetros con los que calculábamos la situación. Me acordaba que los marinos dicen que no hay más cuerda que la del reloj, lo demás son cabos. Pero me extraño comprobar que los relojes no marcaban la hora, pero el Tercer Oficial, que es quien me daba las instrucciones me dijo que eso no importaba, porque el Radio-Telegrafista anotaba cada día la desviación, y luego me la pasaría para incluirla en una tabla. De esta forma no se tocaban nunca las manecillas y aplicando la corrección por desviación sabíamos con precisión la hora del Meridiano cero. Era una obligación importante porque gracias a una hora exacta podríamos calcular nuestra posición. Por cierto que el Tercer Oficial traía a su mujer, eran recién casados.

Media hora más tarde embarcó el Práctico, aligeramos cabos y pusimos las máquinas en atención. Salimos muy despacio del dique y navegamos hacia el puerto de Santander, donde desembarcó el Práctico.

Avante toda y fuimos a desayunar, donde conocí al Jefe de Máquinas y sus tres oficiales. El Jefe le pidió a don Juan parar cinco minutos, para cuando estuviéramos lejos de la costa. Parece que tenía que revisar los cojinetes del motor, una de las reparaciones.

A las cuatro, empecé mi guardia vigilando la navegación. Vi delante una niebla densísima. don Juan me mando conectar el radar, pero era un trasto bastante viejo con un tubo de más de un metro.

– Tarda unos cinco minutos en calentar. – Dijo el Primero.

– Pero si ya estamos casi dentro- Le respondí ya un poco asustado. Mi primer día de navegación y con incidencias. La niebla es uno de los fenómenos atmosféricos que más me impresionaba.

– ¡Para las máquinas! porque no sabemos que hay dentro de esa niebla. –

Fui rápidamente al telégrafo de maquinas y lo subí hasta la posición de paro.

Con los motores parados entramos en la niebla. El radar se despertó de su letargo de arranque para mostrar que estábamos rodeados por decenas de pesqueros. Tocando la sirena para avisar no podíamos movernos. Oíamos sus conversaciones. Y allí nos quedamos una hora esperando que se levantara la niebla. Los de maquinas estaban contentos porque pudieron inspeccionar las reparaciones con los motores parados.

– Vd. ya sabía lo que encontraríamos dentro de esa niebla – Protesté con una sonrisa

– Sí, es normal que los pescadores busquen meterse en estos bancos de niebla –

Después de cenar  moderamos y paramos para que subiera el Práctico de Pasajes.

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