13. Motín

13 de octubre 1966

El peligro no había pasado del todo, seguía en nuestras entrañas, las bodegas. Al día siguiente llegaron los soldados para descargar en sus barcazas. Casi había que hacerlo a puñados, porque todas las cajas de armas y munición se habían roto y su contenido desparramado por el suelo para ser machacado después por los cañones en movimiento. Vino una especie de notario que certificaba el destrozo de cara al seguro. Sería un poco lento descargar, pero teníamos que hacer tiempo porque el retraso del monzón nos aconsejaba esperar para ir al yute.

Por la mañana, pronto, estábamos con el tema del seguro, cuando el Tercer Oficial, que hacía de medico, le dijo a Don Juan que el Capitán estaba muy enfermo.

-Acompañame.- me dijo

Entramos en el maloliente camarote del Capitán y lo encontramos, como siempre, en calzoncillos echado en la cama y gimiendo.

-¿Que le pasa? -Le pregunto el Primero

-Me duele todo, especialmente aquí – Gimió el Capitán señalando su enorme barriga.

Don Juan hundió sus dedos en aquella masa de carne, él chillo más, y mirándome de una forma especial dijo:

-Esto es indudablemente apendicitis, ¿verdad Rafael? –

Asentí con la cabeza, era la peor enfermedad que le podía ocurrir a un marino. Normalmente mortal. De hecho muchos marinos se operaban quitándose el apéndice por seguridad.

El Capitán se puso a llorar. Pero el Primero le consolaba diciendo que bajarían a tierra para ver un médico. Le vistieron, subieron a un bote, lo arriaron al agua y fuimos a la playa. Todo con gritos y lamentos.

En tierra subimos dificultosamente por la playa y nos acercamos al poblado. En una pequeña construcción ondeaba una bandera con una cruz roja desteñida. Entramos pero allí no había nadie. Salí a preguntar por el médico, cuando apareció un individuo con una bata que fue blanca en su día.

No hablaba inglés y nos miraba como si fuéramos aparecidos. Solo había un gran sillón de dentista donde estaba sentado el enorme Capitán. El Primero tocándole la tripa al Capitán dijo en ingles:

-A nosotros nos parece apendicitis. – Remarcando mucho esta palabra, para ver si el otro le entendía.

-Yes, yes, is apendicitis – Dijo asustado el hombre.

El Capitán se derrumbó. Mirando alrededor, solo veía un viejo armarito con instrumentos oxidados.

-Aquí no me dejéis, no me pueden operar en estas condiciones.- Gimoteó totalmente desesperado.

-No se preocupe, buscaremos una solución- dijo el Primero.

Bajamos otra vez a la playa. El Capitán se sentó en una piedra y el Primero le dijo:

-Llamaremos a los americanos, que ya nos conocen por la ayuda que nos han prestado durante el ciclón. A ver qué solución proponen.-

Regresó al barco y media hora después volvió diciendo:

-Arreglado, mandan un helicóptero para su inmediata evacuación a un hospital de Colombo. Debería firmar este papel. – Yo no lo vi, pero me figuro que se trataba del traspaso de funciones.

Lo firmó sin dudarlo y sin mirarlo siquiera.

Media hora más tarde apareció un gran helicóptero. Entre cuatro lo subimos en una camilla y al avión. Despegó y nunca más volvimos a verle.

Regresamos al barco aliviados y el Primero telegrafió a la naviera explicando todo lo sucedido. En la respuesta le confirmaron como Capitán.

– No tocaremos puerto hasta regresar a España. Así que ya nos hemos librado de él. Tu realizarás las funciones del Tercer Oficial. El Segundo de Primero y yo de Capitán, aunque seguiremos haciendo juntos las guardias.

-Pero esto es como un motín- Le dije.

-Si pero sólo tu y yo lo sabemos-

Consignamos en el diario de navegación los hechos y veinticuatro horas mas tarde izábamos el ancla para salir de Trincomalee.

Recibimos del armador un mensaje de radio que nos enviaba, esta vez sí, a Chalna en Pakistán Oriental, Bangladesh, a por aceite de coco. Teníamos que llevarlo a Chittagong y volver a Chalna para cargar el famoso yute que habría que llevarlo a Barcelona. El yute era nuestro objetivo final.

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