11. La vida en Colombo

30 de Septiembre 1966

Por la mañana llevamos los enfermos al hospital y los acomodaron a todos juntos en una sala grande, vino el médico y los visitó uno por uno. No entendí muy bien la enfermedad que tenían, pero sí que entendí que era un virus. Además contagioso. Las medicinas las tuve que conseguir a través del cónsul porque en este hospital no las utilizaban.

La sala estaba cerrada para todo el mundo, con un vigilante en la entrada que no dejaba pasar a nadie que no estuviera autorizado.

Mi rutina empezó aquel día, pasaba unas horas con los enfermos y con Premawatee, que se dedicaba casi con toda dedicación a ellos.

El primer día por la tarde me llevó a su casa, un apartamento minúsculo de una sola habitación cerca del hospital. Me hizo la cena y me quedé a dormir.

Al día siguiente, a primera hora, fui al barco para informar. Luego, en el hospital estuve con los enfermos a la hora de pasar visita y me fui a casa de Premawatee. Estuvimos juntos todo el fin de semana. Si Dorotta fue la pasión desenfrenada, Premawatee era la dulzura y perfección. Ella me enseñó lo que era una mujer.

El lunes me dijo que tenía una sorpresa para mí. A mediodía, a la hora de comer, subimos a un taxi que nos llevó a una casa de masajes. Allí me dejo y se fue.

Me recibió, con una sonrisa una chica que no hablaba inglés, pero se le entendía todo. Me metió en una sala con piscina y dos chicas me quitaron la ropa, ellas también y empezaron los masajes. Aceite, agua caliente, agua fría, muchas risas y vuelta a empezar. Duró un par de horas, no me cobraron nada. Supuse que era un regalo de Premawatee.

Luego por la noche me pidió toda clase de explicaciones sobre la actuación de las chicas en la casa de masajes.

El martes salí cargado con mi maquina de fotos nueva, la que había comprado en Adén, para fotografiar Colombo. Me puse a hablar con un monje budista que llevaba la clásica túnica azafrán. Estuvimos horas charlando de temas religioso-culturales. Sabía más que yo del cristianismo y por descontado del budismo. Al final me rendí ante su sencillez y sabiduría. Íbamos andando y me llevó con él donde vivía. Era un monasterio y él, una especie de abad. Me enseñó todo el monasterio y me regaló un libro en inglés sobre las enseñanzas que daban a los monjes nuevos. Quise tomar fotos del interior del monasterio, pero se rió y me dijo – Ahí no va a poder meter la esencia de este sitio.- Ya no me atreví.

El miércoles fui al zoológico, que era un sitio muy recomendado. Realmente era muy diferente de todo lo que había visto. Era muy antiguo, construido durante la dominación inglesa. Se podían ver las serpientes sueltas en los árboles. Pero había unos letreros que decían que si llovía había que refugiarse bajo techado porque las serpientes bajaban de los árboles. Los animales estaban en jaulas horrendas, pero había espectáculos. Por ejemplo, uno de ellos era un cuidador que metía la cabeza en la boca de un un enorme cocodrilo. Otro lo hacía en la de un hipopótamo. Aunque el espectáculo rey era con elefantes amaestrados, cogían con la trompa a un cuidador y lo lanzaban al aire para que otro elefante lo atrapara en el aire y lo dejara en el suelo. Yo pensé que eso lo tenía que fotografiar, pero estaban prohibidas las fotos.

Esperé a que repitieran el espectáculo y me oculté en unos matorrales para sacar fotos.

Oí tras de mi que alguien se arrastraba, era un individuo que iba armado de una cámara de vídeo. Tenía las mismas intenciones que yo. Cuando estuvo a mi altura dijo:

Quin joc mes bestia fan aquets elefants.-

Me quedé de piedra al escuchar hablar catalán en aquel extraño sitio.

Continuó la rutina, yo dormía en el barco. Por la mañana iba al hospital y por la noche cenaba con Premawatee. Ella me contaba cosas de su vida, como las educan en dar satisfacción al hombre (de ahí el masaje). Siempre estaba pendiente de mí. Si quería beber, fumar o cualquier otra cosa ella lo adivinaba antes de que yo lo supiera. Le dije que me parecía una actitud un poco servil y me contestó que así era su educación y cultura, no sabía ser de otra manera.

Sus padres, a los que no conocí, vivían en Colombo, pero su abuela paterna vivía en las montañas y era muy mayor. Ella se había criado con esta abuela, pero a su edad no le quedaba mucho. Allí cincuenta años era mucha edad. Poco a poco perfilamos un viaje a las montañas para el siguiente fin de semana.

Los enfermos mejoraban y todos estaban en el hospital, pero levantados. Estaban encantados con las atenciones que recibían. El lunes o martes les darían el alta. Nosotros organizamos nuestro viaje, arreglamos los permisos necesarios de nuestros jefes y alquilé un coche barato, un poco desvencijado.

Salimos el viernes por la tarde. Primero por carreteras y luego por caminos. Fueron cuatro horas preciosas por en medio de los cultivos de té.

Al final hubo que dejar el coche y seguir a pie subiendo una montaña, porque la abuela vivía arriba en un poblado de chozas. No sé cómo pero sabía todo el mundo que veníamos y nos recibieron estupendamente. Premawatee repartió unos regalos que traía para la abuela y tíos que estaban en la aldea. Allí todos se dedicaban al cultivo y recolección del té.

Aunque eran las diez de la noche, nos habían esperado para cenar. En el suelo. Yo no entendía más que lo que me traducía Premawatee. Pero todos estaban contentos y no paraban de reír. Al terminar la cena recogieron todo y la abuela nos puso unas esteras en el suelo del fondo de la choza.

Pasamos el sábado recorriendo los campos y descansando. Y el domingo a mediodía regresamos a Colombo. Devolví el coche y me fui al barco.

Habían encontrado una carga para Trincomalee, una ciudad del Noreste de la isla. Era un encargo del Gobierno. Resulta que Ceylán tiene históricamente una guerra contra unos secesionistas llamados los Tigres Tamiles. El cargamento consistía en armas y municiones para el ejército que luchaba contra ellos. La carga se realizaba por soldados y muy poco a poco debido a su riesgo. Estábamos encantados porque el flete era alto y nos subían el salario bastante por la peligrosidad. Los enfermos ya estaban ya todos en el barco.

Siempre recordaré el miércoles 12 de octubre. A las cinco de la mañana me desperté porque el barco se movía. Pero las máquinas estaban paradas. Me vestí y subí al puente. Un gran remolcador nos sacaba del puerto hacia alta mar. Le llamamos por radio y nos contestó simplemente “Gale Warning”.

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